sábado, 6 de setiembre de 2014

Ya estoy cansado... yo me quedo!

Ya estoy cansado. Cansado de que todos den por sentado que me quiero ir del país, que esa es la mejor alternativa que tengo. Cansado de que todos me pregunten cuándo y a dónde me voy. Cansado de que crean que por ser estudiante universitario, ya próximo a graduarme, tengo como obligación estar buscando pasajes y oportunidades en otro país. Estoy cansado de ver en las redes sociales un par de zapatos sobre la cromointerferencia de Cruz Diez. Cansado de ver que se organizan más despedidas que cumpleaños, y que en vez de nostalgia y tristeza haya alegría y orgullo por el que abandona su país. 

Con esto no quiero culpar a quienes se van, ni tampoco alabar a los que se quedan. Ambos tienen sobradas razones para tomar las decisiones que toman. Pero no es propio quedarse callado cuando tantos sueños se despedazan y se remiendan con un "afuera estaremos mejor".

Es cierto que las condiciones del país están mal, exageradamente mal. Pero al ver las decisiones de irse de muchos que dicen amar a Venezuela, no termino de entender tamaña incongruencia. 

¿Aman a Venezuela o aman a su propia comodidad? Abandonar el país no es forma de cambiarlo. Abandonar el país buscando un mejor futuro, para cada uno, es una decisión personal, individualista, donde por ningún lado se nota el tan proclamado amor por Venezuela.

Amar a Venezuela es amar a esta tierra y a su gente. Sí, a esa gente que insultas, que amenazas, que denigras. A esa gente que culpas de todos los males que te aquejan. Los venezolanos, seamos de la tendencia que seamos, tenemos un potencial dentro de nosotros inimaginable. Somos capaces de cambiar las realidades, de mejorar las condiciones, de ofrecer soluciones. Eso no significa que las soluciones y los cambios aparezcan por protestar un día, o dos, o tres, o un mes, o seis meses. El trabajo es continuado. 

Parafraseando a José María Vargas: el amante de su Patria, sufriendo la miseria pública nacida de la falta de industria, siendo víctima del doloroso atraso de nuestro aparato productivo, palpando la decadencia de nuestro comercio y los defectos de nuestra legislación, propone sus ideas, ofrece sus esfuerzos, consagra sus medios a la remoción de estos males, cuenta con una suma de querer e influjo con que dar a sus proyectos de mejoras una fuerza poderosa apoyada en el interés común, aplicada por medios de benevolencia y con las recomendaciones de un civismo puro. (José María Vargas, 1831).

El problema es que muchos, aún queriendo mejoras en la economía, la educación, la sanidad, la política, la seguridad y tantas otras áreas, esperan a que otros asuman esas banderas. Desde sus oficinas o trabajos, se quejan de las situaciones pero no empeñan sus esfuerzos para generar pequeños cambios. En la Venezuela que nos tocó vivir es menester involucrarse en la generación de cambios y soluciones. La vida individual, enfocada sólo en generar el bienestar de la propia familia, quedó en el siglo pasado y se vuelve insuficiente para alcanzar las condiciones de vida que queremos, incluso para nuestra misma familia.

Quienes no estén dispuestos a asumir esta ruta, no los culpo, tienen sobradas razones para buscar el bienestar propio y de su familia en otras latitudes. Pero tú, que dices que amas a Venezuela, ámala de verdad. No gustes solamente de tus comodidades y beneficios, presentes o pasados. Ama a Venezuela, con sus fortalezas, sus bellezas, sus potencialidades, pero también sus defectos y sombras. Ámala con las ganas de verla progresando, ofreciendo oportunidades a sus hijos. Ámala haciendo realidad ese progreso e igualdad. 

Y amar no es sencillo, no es una película color de rosa. Amar es empeñarse, esforzarse, perseverar. Aunque lo que hayas podido construir sea derrumbado una y otra vez. Amar es convertirte en protagonista, y dejar de esperar que las cosas pasen. 

Domingo Briceño y Briceño, en 1834 ya lo dijo: "Pensando como hombres, obramos como niños, amando el pupilaje. (...) Convenimos en obedecer por la pereza de mandar, y por tanto confiando en las fuerzas ajenas, dejamos a otros el cuidado de hacernos felices; y no sé si por lo que se llama apatía o habitud, deseamos sin querer (permítaseme explicarme así) que el gobierno se divinice para que nos haga ricos, nos dé población, talleres, jornaleros, caminos, carruajes, educación, industria; en fin, todo" 

Los venezolanos hemos estado acostumbrados a que las soluciones lleguen, a que otros las implementen. Ésto, como ya he dicho, ha quedado en el siglo pasado. Aún cuando hoy no tengamos el poder gubernamental, sí que tenemos el poder ciudadano. El poder ciudadano de opinar, de generar, de proponer, de protestar.

Algunos dicen que ya lo han intentado todo, que han perdido sus esperanzas, que ya le han dado suficientes oportunidades al país. En lo particular, no creo que nunca sea suficiente. Estoy dispuesto a quedarme en el país, no porque crea que vivo bien hoy, sino porque estoy convencido de que con nuestro esfuerzo, podremos vivir bien mañana. Y ese bienestar no será un regalo, no será mera casualidad del destino. Será un bienestar conquistado. 

Y toda conquista, así como todo amor, conlleva dolores, sufrimientos y pérdidas. Yo estoy dispuesto, a empeñar mi vida, a "desperdiciar mi juventud" como dicen algunos, por ver a Venezuela libre, democrática, igualitaria y progresando. Es ese mi sueño más profundo.

Y para cerrar esta pequeña reflexión, cuyo objetivo no es más que plantear una postura, y ojalá quede rondando en las mentes de mis compatriotas, dejo un mensaje de Mandela, el gran héroe de la igualdad y la libertad del siglo XX, un gran héroe que entendió que aunque la meta fuese inalcanzable, el quehacer diario por alcanzarla ya era en sí motivo de alborozo y satisfacción. Ya estoy cansado de tantas invitaciones a irme de mi Venezuela, yo me quedo, aún cuando el riesgo es que nunca vea a mi Patria como la quiero ver, pero sabiendo que la satisfacción está en la lucha y en el amar.

"Puede que los ideales que albergamos, nuestros sueños más anhelados y nuestras más fervientes esperanzas no lleguen a cumplirse mientras vivimos. Pero eso no importa. Saber que en tu día cumpliste con tu deber y estuviste a la altura de las expectativas de tus congéneres es por sí misma una experiencia gratificante y un logro magnífico" Nelson Mandela, 1 de abril de 1985.



sábado, 7 de junio de 2014

Recuerdo haberte visto

Al principio me decían que estabas en el cielo, y cada vez que levantaba la mirada me preguntaba qué se sentiría vivir allá arriba. Me preguntaba si jugabas con las nubes, y si saltabas de estrella en estrella. 

Luego me dijeron que estabas dentro de mi. No entendía por qué habías decidido mudarte desde tu lujosa suite en la cúpula celestial a mi corazón... ¿Qué podría tener de interesante el corazón de un niño comparado con la inmensidad del cosmos?

Algunos otros me dijeron que no sólo estabas en mi, sino que estabas en todo y en todos. Y entonces sentí algo de celos... si habías cambiado el universo por mi corazón, ¿cómo era que ahora estabas en todo y en todos? La angustia se calmó cuando fui detallando lo que me rodeaba. Iba a la montaña y ahí te encontraba, a la playa y a los ríos y ahí estabas tú, compartía con amigos y en todos ellos te veía, en el canto de los pájaros oía tu voz, en la maravilla de la naturaleza descubría tu firma personal. 

Así me fui dando cuenta de que eras tan grande que decir que sólo estabas en el cielo era limitar tu grandeza, más aún decir que sólo estabas en mi corazón... tenías que estar en todo y en todos, pero a la vez en cada quien y en cada cual. 

Recuerdo cuando te vi en la alegría de la celebración por un logro alcanzado, en los abrazos, regalos y felicitaciones; entre tanta algarabía estabas tú, viéndome y sonriéndote de como iba creciendo. 

Recuerdo cuando te vi un domingo de sol, entre tanta gente venida de tantos sitios diferentes, entre cantos, reencuentros y rezos adiviné tu abrazo gigantesco.

Recuerdo cuando te vi vestido de esperanza, en medio de la adversidad me planteabas ideas revolucionarias, me decías que precisamente cuando menos sentido le veía a perseverar, más necesario era.

Recuerdo que un día te vi y no te reconocí. Llegaste vestido de luto, nos congregaste a todos para decir un adiós, darnos abrazos, derramar lágrimas, vociferar gritos. Sentía que no estabas conmigo, que por primera vez me habías abandonado, pero no era más que la ceguera producida por la tristeza: más que nunca, ahí estabas. Tardé unos cuantos años en reconocerte. 

Recuerdo haberte visto en los lugares más exóticos del planeta. En lo más alto de una montaña y en lo oscuro de una cueva, en un monumento milenario en África, y en otro contemporáneo en Europa. Recuerdo haberte visto en las costas de mi país, en sus llanos, en sus cordilleras. Recuerdo haberte visto en su gente, en su cafe negrito y su "Dios me lo bendiga mijo".

Recuerdo haberte visto en casas de tablas y cartón, era imposible no verte. Recuerdo haberte visto también en casas lujosas, aunque en esos escenarios a veces me cuesta encontrarte.

Recuerdo haberte visto en mis salones de clase. A veces del lado del profesor, a veces a mi lado en un pupitre. 

Recuerdo haberte visto estos últimos días, aunque hubo un par de ellos en los que te busqué y no te encontré; afortunadamente un rato después volviste a aparecer. Llegaste con una noticia difícil, y otra, y otra más. Sin embargo no te vi como portador de calamidades, sino como compañía incondicional. A veces me tocó ser apoyo, a veces me tocó apoyarme, y en ambos momentos te vi. 

Te vi en lágrimas y en sonrisas... estabas sentado en la mesa de al lado, viendo cuánto han crecido tus hijos. Vi tu rostro cambiar cuando enviabas calamidades... no te gusta vernos sufrir, pero sabes que es necesario para que podamos ser fuertes y felices. Como padre enseñando con mano dura nos mirabas... mitad preocupado y mitad orgulloso. Nunca faltó tu abrazo luego de subir un escalón nuevo. 

Discúlpame si a veces, aunque te viera, no te hablaba. Con frecuencia ando a la carrera y no presto atención a quienes me aman. ¡Ah! por cierto: recuerdo haberte visto en quienes me aman, gracias por ser tú quien impulse sus acciones y palabras.

Pedirte que no me abandones es redundar... se que aún cuando no te vea en determinada ocasión ahí estarás, justo detrás de mi para cuidar que no me caiga. Acompaña también a quienes me rodean, y haz que te vean, aún cuando sea necesario usar anteojos. 

Gracias por haberte mudado del cielo para mi corazón, y gracias por no haberte quedado encerrado ahí, sino haber decidido habitar en todo y en todos, en cada quien y en cada cual. Recuerdo haberte visto, y se que te seguiré viendo. 



martes, 11 de febrero de 2014

200 años después sigue siendo necesario vencer

Hace doscientos años, al calor de la guerra de independencia se hacía necesario defender a la Segunda República de los avances realistas. Aquél 12 de febrero era difícil suponer que un grupo de jóvenes, seminaristas y estudiantes universitarios, derrotarían al ejército de Boves. En ese momento crucial de nuestro proceso independentista fueron los jóvenes quienes defendieron con sus vidas la independencia que estaba en construcción. A pesar de la minoría numérica evidente que tenían, salieron sin miedo de sus casas, pueblos y ciudades para confluir en La Victoria y defender a la Patria de sus enemigos.

Ya han pasado 200 años de aquél día; mucho se ha escrito y estudiado, muchos procesos sociales y políticos hemos vivido, varias guerras han manchado nuestro suelo de sangre, el caudillismo, la dictadura y la democracia se han alternado en el poder, pero lo que sigue incólume es el profundo espíritu patriota, contestatario y aguerrido de la juventud venezolana. 

Hoy por hoy vivimos en un país errático, dividido por el odio, la violencia y la corrupción. Quienes detentan el poder abusan de cuanta herramienta tienen a la mano para doblegar a la sociedad, mientras la entretienen con un supuesto socialismo y suprema felicidad que parecieran no llegar nunca. 

Como no les gusta oír voces en su contra han cerrado, y están cerrando de facto medios de comunicación. Como no les gusta la protesta, han reprimido con fuego y metralla a venezolanos, y han metido presos injusta e ilegalmente a quienes se atreven a exigir respeto a sus derechos y soluciones a sus problemas. Como no son capaces de asumir culpas, se las atribuyen al imperialismo, a la burguesía y al capitalismo, lo que los ha llevado a oprimir al aparato productivo y ahogar a la economía nacional con regulaciones y contra-regulaciones. 

En los tiempos que vivimos, las madres sufren horas interminables de búsqueda y cola para alimentar a sus hijos, los sueños de los jóvenes son truncados por la violencia a cada minuto que pasa, los enfermos no consiguen medicinas y fallecen a la espera de que aparezcan, la gran mayoría de nuestros niños no logra culminar bachillerato y terminan luchando contra un sistema que los condena a ser cada vez más pobres. 

La institucionalidad no existe, el derecho a la información, a la expresión, a la protesta pacífica, al debido proceso son cada vez más vulnerados. La división de poderes no es más que una teoría que se estudia en los liceos y universidades, pero que ningún joven ha podido vivir. 

Ante esta situación, los jóvenes venezolanos, como aquellos héroes de La Victoria, emprendemos con firmeza el camino de la defensa del país y de los venezolanos. Hoy, como aquél día, estamos frente a un monstruo que se muestra todopoderoso ante nuestros esfuerzos por mejorar el futuro de la Patria y que oprime a todo el que no lo apoye. Hoy como ayer, muchos dudan que sea posible que un grupo de muchachos salga victorioso de tan compleja contienda. 

Hoy, 200 años después de aquella arenga que pronunció José Félix Ribas para motivar a los valientes jóvenes en la batalla, sigue siendo necesario vencer. Esta vez no se trata de una victoria sangrienta ni con fusiles. 

Hoy buscamos una victoria que erradique la violencia del país, que normalice el abastecimiento de productos de primera necesidad, que mejore la calidad educativa sobretodo en los sectores más empobrecidos, que le garantice atención médica de primera a todos los ciudadanos, que ponga en su justo lugar la democracia, la separación de poderes y la institucionalidad, que haga valer los derechos de todos los venezolanos, y que entendamos que somos hermanos antes que adversarios. 

Hoy, a 200 años de aquella gesta heroica, los jóvenes que amamos a Venezuela volveremos a colmar las calles de esperanza, de rebeldía y valentía. Hoy volveremos a tomar el futuro del país en nuestras manos para enrumbarlo hacia el progreso, la igualdad y la justicia social. Hoy, nuevamente, "no podemos optar entre vencer o morir, ¡Necesario es vencer!"


lunes, 30 de diciembre de 2013

Cerrar el 2013 y abrir el 2014 en Venezuela

Las horas que corren son propicias para reflexionar lo que hemos vivido juntos este año, los errores y los aciertos, para así abrirle las puertas al 2014.

Comenzamos el 2013 llenos de incertidumbre, sin conocer los caminos que tomaría el país ni quien llevaría sus riendas. Pasarían algunos meses hasta que viéramos por primera vez en años a un nuevo presidente, no sin que antes violaran la constitución y las leyes como es su costumbre.

Eran días de rumores, de conflictividad, pero sobretodo de expectativas. El tribunal nos habló de continuidad administrativa, pero el país percibió fue una continuidad de ineficiencia, de mentiras, de engaños, de corrupción y demagogia.

No tardaría mucho en conocerse el fallecimiento del presidente Chávez, y el inicio de la campaña electoral más corta de la historia. Unas elecciones que al inicio de la campaña parecían tener un resultado muy claro, al final estuvieron cerca de cambiar el rumbo que el país ha venido llevando desde hace más de una década.

Al Sol de hoy no tenemos certeza sobre quién ganó las elecciones del 14 de abril, ni el CNE ni ninguno de los candidatos ofreció pruebas irrefutables que permitieran conocer a ciencia cierta la voluntad de los venezolanos que votamos aquél día.

Se juramentó un nuevo inquilino de Miraflores, y el país fue de mal en peor.

No pasaría mucho tiempo para que estallara el primer conflicto de carácter nacional: la crisis universitaria. Todas las universidades públicas –y libres- del país cesaron sus actividades académicas, llevándonos a los estudiantes a intensas jornadas de protesta a lo largo de la geografía nacional.

El gobierno no atendía a los reclamos de los universitarios que resonaban en las calles y sobretodo en las aulas vacías. Tampoco el gobierno supo dar respuestas a la crisis de divisas que impulsaría la inflación y la escasez a niveles extraordinarios. Las cadenas se hicieron más invasivas que nunca. Se recortó notablemente la libertad de expresión, esta vez forzando la autocensura de los medios. Muchos esperaban un estallido social, sin darse cuenta de que diariamente miles  y miles de venezolanos estaban en las calles exigiendo vivienda, educación, salud, seguridad, salarios dignos.

El paro nacional de universidades terminó con una “victoria” a medias; quienes lo dirigieron aseguraban que el conflicto se mantenía. Lo cierto es que las universidades, así como el país entero, sólo recibieron pañitos de agua tibia, que no solucionaron la raíz y el fondo de los problemas.

Llegamos a las puertas de un nuevo proceso electoral en el que muchos le atribuían la victoria a la oposición. El gobierno, como sabe hacer muy bien, aplicó medidas que serían muy bien recibidas sobretodo en los sectores populares, a pesar de llevarse por el medio el debido proceso y la ética, y a pesar de poner en riesgo los empleos de miles y el abastecimiento de productos en el futuro.

Luego de abusos, abusos y más abusos, y en medio de llamados a plebiscitar las elecciones y contrallamados a convertirlas en contiendas locales, llegó el 8 de diciembre. El gobierno logró la mayoría de alcaldías y votos, la oposición ganó espacios considerablemente y se hizo con las alcaldías en las ciudades que albergan al grueso de la población.

Y así llegó diciembre… con “rebajas” y escasez, con inseguridad galopante y mucha reflexión en la dirigencia del gobierno y la oposición. Mientras tanto los venezolanos buscaban la manera de hacer las hallacas, comprar los regalos y disfrutar con los seres queridos, aún a pesar de que eso implicara hacer colas multitudinarias y tener que endeudarse a punta de tarjetas.

Todo este proceso lo vivimos juntos. Supimos avanzar cuando era lo lógico y supimos esperar cuando era lo más prudente. Terminamos el año con una Venezuela menos libre, menos justa y con un futuro menos optimista que cuando lo comenzamos.

Y así, con este panorama se nos presenta el 2014. Tendrá la dirigencia opositora que representar efectiva y oportunamente a la mitad del país que clama por un cambio en las condiciones de vida que tenemos. Nos gustaría pensar que el “proceso de diálogo” que recién inició se mantendrá y se convertirá en política de Estado. Para los ciudadanos de a pie el objetivo es el mismo desde hace unos cuantos años: echarle pierna y resistir.

Ya falta poco para que se termine la rumba de diciembre y llegue la resaca de enero, una resaca sazonada con las terribles decisiones económicas tomadas por el gobierno en los últimos días.

Sin embargo, es posible ser optimistas. Más allá de los liderazgos de las cúpulas nacionales, cada vez son más las voluntades que trabajan para cambiar las realidades que vivimos los venezolanos. Cada vez son más los compatriotas que se dan cuenta de que el chavismo fue un error y que estamos a tiempo de corregirlo.  Cada vez son más los espacios en los que se va destiñendo el rojo sectario y se le abren las puertas al tricolor que nos congrega a todos.

Comencemos el 2014 teniendo claro que este hermoso país es uno sólo, que quienes pensamos que las cosas se están haciendo mal y quienes piensan que todo va bien nos necesitamos los unos a los otros para poder seguir adelante. Tengamos claro que dialogar no es abandonar principios, todo lo contrario, el diálogo sólo es posible cuando los principios están suficientemente firmes.

Es necesario mantenernos irreductibles y firmes en todos los espacios. En las aulas de universidades, liceos y escuelas, en los comercios, en los gremios, en los sindicatos, en las industrias, en los partidos, en los hospitales,  en las organizaciones civiles, en las calles y en el campo. Son momentos de desechar la sumisión y defender la democracia y los derechos, de trabajar con pasión y sin descanso, de estudiar con tesón, son momentos de hacer realidad el sueño que hemos venido construyendo.


¡Feliz 2014! Que la paz, el amor, la tolerancia y el trabajo marquen los días que están por venir.

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿En qué momento se nos fue el país?

Es muy recurrente en nuestros días oír esa pregunta... ¿En qué momento se nos fue el país?

Algunos dicen que fue hace poco, un 14 de abril, cuando dejamos que nos quitaran de las manos el futuro que queríamos para el país, un futuro por el que estamos convencidos que votó la mayoría de los venezolanos. Un futuro que nos arrebataron a fuerza de fraude y metralla.

Otros identifican la pérdida del país hace un poco más de tiempo. En febrero de 2009, cuando un sector enceguecido por el carisma de un líder aprobó destruir la alternabilidad democrática. Se le abrieron las puertas a los abusos por mantenerse en el poder indefinidamente, y ahí "se nos fue el país".

Unos cuantos ponen la fecha en el 2005, cuando la oposición de aquél entonces le entregó en bandeja de plata la Asamblea Nacional a quienes desde hace 14 años manejan -y despilfarran- el erario público. En ese momento se entregó no sólo el poder legislativo, sino que el combo incluía el poder judicial, moral y electoral. Moría entonces la incipiente institucionalidad que teníamos. 

Algunas cuentas arrojan la fecha de 1998. La mayoría de los venezolanos movidos por la antipolítica, por el rechazo a los partidos tradicionales y por la esperanza que daba una cara distinta a los políticos de profesión marcaron para siempre el rumbo de nuestro país. Quizás los primeros años era imperceptible el desmoronamiento de Venezuela, pero ya hoy muchos de quienes votaron por el teniente coronel reconocen que se equivocaron profundamente. 

Hay quienes dicen que no es posible identificar una fecha, sino que la pérdida del país fue todo un proceso. El primer signo visible sería el caracazo aquél febrero de 1989, pero que seguiría con el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, desembocando en la conspiración que sacó del poder al presidente Pérez y dió al traste con la institucionalidad democrática del país. Luego la presidencia de Caldera, fundamentada en las cenizas del puntofijismo que le dió libertad a aquél teniente coronel que encabezó un golpe de estado y que luego dirigiría -o extraviaría- los destinos del país. 

Unos más ambiciosos dicen que el país "se nos fue" en 1958 con el pacto de Punto Fijo, alegando que esa es la matriz de los 40 años de gobiernos que le siguieron y desembocaron en el régimen que vivimos hoy. 

Lo cierto es que el país no "se nos fue". Al país lo abandonamos. 

Lo abandonamos cuando preferimos no meternos en lo público, en la política. Lo abandonamos cuando creemos que nos basta sólo con trabajar para vivir bien. Lo abandonamos cuando ante el abuso y la injusticia callamos por miedo o complicidad. 

Al país lo abandonamos cuando preferimos lo fácil a lo correcto. Al país lo abandonamos cuando preferimos la comodidad de la indiferencia ante los sacrificios necesarios. 

Al país lo abandonamos cada vez que un niño deja la escuela para empuñar un arma. Lo abandonamos cada vez que los jóvenes se olvidan de la virtud y caen en drogas y delincuencia. Lo abandonamos cada vez que se divide una familia. Lo abandonamos cada vez que los chanchullos prelan sobre el esfuerzo honesto.

Al país lo abandonamos cuando buscamos los contactos y el amiguismo en vez de los procedimientos establecidos y las leyes. Al país lo abandonamos cuando por egoísmo nos olvidamos de que no se puede vivir plenamente si no viven plenamente quienes nos rodean. 

Algunos dicen que ya es demasiado tarde, que la única alternativa es huir para no volver más. 

Otros, estamos convencidos de que no hay abandono irreversible, de que no hay consciencia -o inconsciencia- colectiva que no cambie. Estamos convencidos de que estamos a tiempo de rescatar al país. 

Es momento de elegir meternos en lo público, de ocupar los espacios que nos corresponden, de recobrar con la fuerza de la verdad y la esperanza las riendas de esta tierra de gracia. 

Unos pocos han manejado los destinos de millones, ahora es el momento, mis hermanos, de que millones dirijamos de una vez por todas los destinos del país hacia el progreso, el crecimiento, la justicia social, la solidaridad, la igualdad y la libertad.

¡Al país lo recobramos!

@HaslerIglesias

lunes, 16 de setiembre de 2013

Crónica de nuestra Universidad Venezolana

I

Han pasado meses desde aquella declaratoria de conflicto universitario que hicieron los profesores, con base en el miserable sueldo que recibían -y que aún hoy sigue siendo deficitario- inmerso en una crisis presupuestaria, administrativa y académica que persiste hasta este momento. 

Hay un consenso en amplios sectores de las universidades venezolanas alrededor de que con la dirección que se le dio al conflicto se alcanzaron múltiples logros, a pesar de que aún queda mucho camino por recorrer. "La lucha continúa" decían hoy en la Asamblea de profesores de la UCV.

Lo que no se puede negar, es que el conflicto universitario ha entrado en una nueva etapa. Luego de casi cuatro meses con 13 universidades del país detenidas, luego de aumento de sueldos y becas, de reconocimiento de organizaciones gremiales, de incorporación a las mesas de diálogo, de retroceso de cláusulas violatorias de la autonomía universitaria, no se puede seguir diciendo que tenemos entre manos el mismo conflicto que teníamos al principio. Pues, como todo en este país, evoluciona constante y rápidamente.

Es entonces el momento oportuno para sentarse a evaluar lo realizado, replantear la lucha y establecer nuevas estrategias. Quizás la evaluación sea lo sencillo: sopesar la efectividad de las acciones, la dinámica interna, la evolución del conflicto, los errores y aciertos. Pero lo que definitivamente no es sencillo, y considero primordial es cuestionarse sobre el conflicto y replantear el futuro de la lucha. 

¿Acaso hemos llegado a la meta?¿Acaso nuestras universidades son perfectas y ya no hay espacio para hacer más mejoras?

¿Acaso hemos superado la violencia, la exclusión y la imposición?¿Acaso los profesionales egresados de nuestras casas de estudios sirven verdaderamente al país y no a los intereses de sus empleadores?¿Acaso nuestros salones generan igualdad de oportunidades entre los jóvenes venezolanos, sobretodo en los sectores más empobrecidos?

Mi humilde opinión es que no, no hemos llegado a la meta. 

II

Una universidad es intrínsecamente una comunidad dinámica. Por su misma naturaleza deliberativa, plural y orientada al progreso, está marcada por constantes cambios. En la medida en que se satisfacen unas necesidades, surgen otras, o toman relevancia las que se habían dejado de lado. 

Y es que el conocimiento, en sí mismo, no es un proceso estático ni mucho menos mecánico, aunque a veces el sistema nos quiera forzar a mecanizar la enseñanza y el aprendizaje. La educación no puede pretender ser la tradicional reproducción de conocimiento acrítica que muchas vemos en nuestras aulas. Y quizás esa es una de las raíces de la crisis universitaria. 

La otra raíz todos la conocemos muy bien: la política gubernamental de ahogar a las universidades autónomas. Porque a pesar de que la universidad sea una "comunidad de intereses espirituales" (Art. 1. Ley de Universidades 1970) son necesarias unas condiciones materiales para el correcto funcionamiento de una casa de estudios, que van desde el estado del campus hasta la calidad de vida de los integrantes de la comunidad.

De manera que invito a que hagamos un ejercicio de análisis objetivo. La falta de recursos no es la única causa de todos nuestros males. También tienen culpa las prácticas obsoletas de administración, planificación y enseñanza. Y transformar la universidad pasa por recibir el presupuesto adecuado y suficiente, pero también pasa por administrar esos recursos de manera consciente, y ejercer una pedagogía orientada a la generación de conocimiento crítico cuyo objetivo sea corregir los problemas del país.

Contemplando todo este panorama, algunos tendrán que tomar decisiones. Decisiones que tienen que ver con los mecanismos de lucha de los movimientos universitarios, pero también con la línea discursiva y con la actitud ante el status quo que vivimos. Si no se alzan las voces y se ejercen acciones en ese sentido, es como si tácitamente se admitiera que todo está en total normalidad y perfección.

III

Para entender la realidad universitaria es necesario conocerla. Y ésta trasciende las paredes del campus: tiene que ver también con la educación media y con el sector laboral.

Cuando alguien ingresa -o aspira ingresar- a la universidad, se debe enfrentar a una prueba de admisión. Algunos con muy buena base, gracias a la inversión que realizaron sus padres en una educación básica y media de calidad; otros con profundas desventajas gracias a un Estado que no invirtió en ellos y que los condenó a una educación mediocre, que pasará a convertirse en la gran barrera para alcanzar sus sueños.

Esta realidad es la de los liceos públicos, que deberían facilitar herramientas académicas y psicológicas a todos los jóvenes del país independientemente de su ubicación geográfica o clase social. La batalla contra la desigualdad social se inicia es aquí, en la educación media... hoy pareciera que es una batalla que los venezolanos estamos perdiendo por paliza. 

Con esta realidad, quienes logran ingresar a las universidades públicas son quienes provienen, en su mayoría de colegios privados. Son aquellos que gracias al esfuerzo de sus padres pueden vivir con cierto nivel de comodidad. Esto se contrasta con los jóvenes que no sólo recibieron una incipiente educación media y por esta razón se ven excluidos del subsistema de educación universitaria, sino que además están condenados -en su mayoría- a trabajos mal remunerados, y a vivir en un ambiente lleno de violencia, con un gran vacío de valores. Esto es un debate que no hemos querido dar en las universidades, pero es necesario darlo si entendemos que la universidad pública debe ser palanca de progreso sobretodo para quienes menos oportunidades tienen. 

Una vez asignados los nuevos estudiantes, estos se enfrentan a un entorno nada amigable. Desde la infraestructura en ruinas, hasta una alta exigencia académica para la que nadie los preparó, pasando por servicios paupérrimos que en teoría deberían mejorar su calidad de vida y conviviendo con profesores que más que enseñar, buscan sobrevivir.

Los estudiantes comienzan a experimentar los paros universitarios, de profesores y empleados que afectan el normal desenvolvimiento de las actividades. Tienen que sobreponerse a la falta de profesores, al cierre de cátedras, a la clausura de edificios, a servicios sanitarios insalubres. También conviven, hay que decirlo, con personas que han dedicado su vida a la universidad, que empeñan toda su alma en educar con calidad a las nuevas generaciones y tratan de hacer de las casas de estudio verdadero espacio de los saberes y el debate tolerante. Lamentablemente éstos, cada vez son menos.

Pasa el tiempo y se dan cuenta de que en la universidad no escapan a la inseguridad que se vive en las calles de Venezuela, de que la universidad no los protege de la persecución, polarización y violencia política. Reciben unos servicios mermados cada día más, el comedor otrora orgullo de América Latina hoy es una vergüenza y un peligro. El transporte que tanto costó conquistar en épocas pasadas, hoy presta servicio y mañana nadie sabe. Las bibliotecas que antes albergaban a grandes pensadores que se nutrían de las mejores obras literarias, científicas, sociales y políticas hoy son cementerios de libros anticuados y en mal estado. 

Todo esto enmarcado, como decía al principio, en un modelo pedagógico atrasado. Donde todo se reproduce y son pocos los héroes que se deciden a generar nuevas ideas útiles a la sociedad.

Y así como el estudiante ve a sus profesores intentando sobrevivir con el mísero sueldo que reciben, también él debe hacer malabares para que la beca le llegue a fin de mes, y poder costearse los cuadernos, libros, guías, pasajes, alquileres y pare usted de contar.

Poco a poco, el universitario va descubriendo que su casa de estudios no se mueve orientada hacia los valores y la excelencia, sino que lo hace basada en los intereses de los grupos de poder que la conforman. En el mejor de los casos lo percibe en debates políticos altamente acalorados, pero comúnmente lo percibe mediante ataques violentos, actos terroristas y vulgares, así como también decisiones de autoridades que dejan mucho que desear y les deja ver las costuras.

IV

Y así como los estudiantes, también toda la comunidad universitaria sufre los abusos de un gobierno que parte de que el conocimiento es su enemigo. Hoy tenemos universidades multadas, con sentencias judiciales sobre ellas, con constantes ataques jurídicos, políticos y violentos. Con serias intenciones de realizar una "transformación universitaria" a la fuerza que busca imponer una doctrina política por encima del debate de altura que se da en nuestras universidades. Proyectos de ley, de contratos colectivos, estructuras paralelas, suspensión de elecciones y violaciones a la autonomía universitaria son el pan nuestro de cada día, cortesía del gobierno nacional. 

Dentro de esta comunidad hacen vida los profesores, obreros y el personal administrativo. Aunque sea redundante es necesario recalcar lo infame de sus sueldos. Todos ellos -o al menos los que de verdad llevan a la universidad en su corazón- hacen un esfuerzo sobrehumano para mantener, mal que bien, a la universidad funcionando. Horas y horas de trabajo que muy pocos agradecen, no perciben ese agradecimiento ni en sus bolsillos ni en los pasillos. Muchos de ellos han tenido que estudiar años de pregrado y postgrado para poder ejecutar el trabajo que les fue encomendado, y aún así no perciben ningún beneficio. De más está decir, que en casi todas las ocasiones trabajan con las uñas, porque ni siquiera tienen garantizadas condiciones dignas de trabajo. 

Y como todos los venezolanos, reciben pésimos servicios de salud -si es que los reciben- y están en una constante búsqueda de alimentos al alcance de su bolsillo, que sean capaces de llevar a las mesas de sus hogares. Esto junto con el alquiler o el condominio, el transporte, y mantener a sus hijos los dejan prácticamente sin recursos para poder ahorrar y guarecerse de la inflación que todo lo devora. 

V

Es oportuno también hablar del perfil del egresado de nuestras universidades públicas. Lejos de ser personas capaces de impulsar los cambios necesarios en nuestra sociedad, son profesionales que se insertan en los procesos productivos del país sin cambiar siquiera un ápice de ellos. Y es que ¿quién va a pensar en luchar por romper esquemas cuando difícilmente puede llevar el sustento al hogar?

Es también necesario acotar que muchos de nuestros profesionales ni siquiera ejercen en el país, sino que se van a otras latitudes buscando mejores oportunidades, mejor calidad de vida. 

Entonces estamos formando profesionales que muchas veces generan bienestar a otros países y no al que los formó, y en otros casos sólo buscan insertarse en empleos preestablecidos que les permitan proveerse a ellos y a sus familias de lo necesario para vivir. 

Es necesario que nuestros profesionales sean personas críticas, que orienten sus acciones desde los valores y la ética profesional, comprometidas con las transformaciones que Venezuela necesita, que más que buscar acumular riquezas busquen generar bienestar social. Que se atrevan a salir de la zona de comfort egoísta que sólo busca satisfacer las propias necesidades y asuman el riesgo de liderar procesos sociales, políticos y científicos que generen progreso, paz y bienestar para todos, especialmente para quienes están más desprotegidos.

VI

A pesar de que las luchas que hemos mantenido últimamente han sido materiales, no podemos abandonar el ámbito de las ideas. Y todos los cambios que hay que hacer surgen de una pregunta, sencilla y compleja a la vez: ¿Qué concebimos por universidad?

Una universidad es y debe ser una institución educativa, capaz de dar formación profesional a los ciudadanos en igualdad de condiciones, que les permita ser críticos ante la realidad que se vive, que les permita madurar en un entorno amplio y tolerante, donde se confronten las ideas, se generen consensos y se administren los disensos. Una institución que facilite las herramientas para reducir las desigualdades sociales, dándole oportunidades a quien no las tuvo, y formando profesionales que busquen servir a la Patria, antes que a ellos mismos. 

La universidad no es ni debe ser una fábrica de títulos vacíos. Debe ser vanguardia en los procesos de la sociedad. Generadora de nuevos conocimientos y soluciones. Es el lugar predilecto para el debate franco, de altura, que apunta a soluciones y no a la confrontación por la confrontación. 

Es la escuela de la democracia, donde se forjan los líderes necesarios para el país. Donde cada individuo siente la efectividad de su voz y la hace realidad no sólo mediante el voto, sino también en asambleas, foros, conversatorios, mesas de trabajo, órganos de cogobierno y de representación. 

Y una universidad pública más aún debe apuntar a generar oportunidades donde no las hay, penetrar los sectores más empobrecidos, tenderle la mano a quien no contó con la suerte de valerse por si mismo para darle las herramientas para que en un futuro cercano pueda hacerlo y sumarse a los procesos de transformación de su realidad. 

VII

No desaprovechemos el momento histórico que se nos ofrece. No nos enfrasquemos en lo material, sino que, sin abandonar esa lucha, afrontemos la transformación universitaria de fondo. 

La crisis universitaria es presupuestaria, sí. Pero también es espiritual. Es hija de una concepción de universidad al servicio de los intereses de unos pocos que detentan el Poder. Qué lamentable sería para esta generación recorrer las aulas y los pasillos sin generar propuestas y conquistar transformaciones que mejoren nuestra formación y la de los que vienen detrás de nosotros. Y que esa formación cambie radicalmente la política, las empresas, las instituciones del Estado, el sistema de salud, el sistema educativo, los gremios, los sindicatos. Que nuestras universidades se conviertan en la fuente de los cambios urgentes que debe vivir nuestro país, y que el Pueblo ha venido clamando. 

No sólo hacen falta instituciones más eficientes, sino que también estén orientadas a la justicia social. Como universitarios hoy se nos presenta ese reto. 

Vamos entonces compañeros. Los hombres son del tamaño de los retos que afrontan, y no es opción ser más pequeños que la coyuntura que nos tocó vivir. Recorramos el camino de la universidad que tenemos a la universidad que queremos. Dios y la Patria sabrán valorar la valentía de quienes no se conforman con las realidades sino que buscan mejorarlas para el bienestar de todos.

"Creo en el hombre confrontador por el logro de la libertad que forma parte de su naturaleza, constituyéndose en un motor del acontecer histórico
Francisco De Venanzi


Hasler Iglesias
@HaslerIglesias
16 de septiembre de 2013







sábado, 6 de julio de 2013

De las aulas a las calles

En este momento las Universidades venezolanas viven una crisis presupuestaria aguda, acompañada de muchas otras complicaciones. Y no me equivoco al decir de manera general "las Universidades venezolanas" porque aún aquellas que responden a los lineamientos del gobierno sufren las mismas crisis, aunque no quieran decirlo. 

Hoy tenemos un paro nacional indefinido de profesores universitarios que cumplen los 40.000 afiliados a FAPUV y que afecta aproximadamente a 600.000 estudiantes en todo el país. Adicional a esto, 21 universitarios se encuentran en huelga de hambre desde hace 33 días. Y por si fuera poco, diariamente hay protestas en las calles de todo el país, asambleas en las universidades, entrega de documentos en entes gubernamentales e internacionales. 

A pesar de la contundencia de las protestas universitarias y de la legitimidad de sus exigencias, el gobierno se ha limitado a ignorarlas. En el "mejor" de los casos, representantes del Ministerio de Educación Universitaria se han reunido con los estudiantes, pero no han aportado ningún tipo de respuestas ni soluciones. Sumado a esto, personeros del gobierno en vez de reconocer a los representantes legítimos de profesores, estudiantes y obreros han establecido mesas de trabajo con sindicatos serviles a la ideología oficial que desembocaron en la aprobación de un Contrato Colectivo que viola la Autonomía Universitaria y que no cumple con la normativa laboral vigente. 

Hasta aquí hemos llegado luego de años de asfixia presupuestaria por parte de un gobierno que no cree en la pluralidad ni en la generación de conocimiento, y que concibe a la educación universitaria como un mecanismo para oprimir al pueblo imponiéndole su visión. Desde hace 7 años el presupuesto universitario viene siendo el mismo, con una inflación interanual cercana al 20%, lo que ha puesto a nuestras casas de estudio al borde de un cierre técnico. 

La realidad es que los profesores universitarios de Venezuela reciben mensualmente alrededor de 423$, cuando la media de la región se ubica en 538$ y es bastante baja comparada con otras regiones. El sueldo cada año se ve más golpeado debido a la inflación y al desconocimiento por parte del gobierno de las Normas de Homologación que permitirían el establecimiento de un sueldo justo para los docentes. 

La situación de los estudiantes no es muy distinta. Los becarios reciben mensualmente el equivalente a 20$, cuando, por ejemplo, el alquiler mensual de una residencia estudiantil ronda los 70$. Con esas becas es imposible sostenerse en condiciones mínimas para estudiar una carrera universitaria. De igual manera, tenemos un sistema de transporte con unidades obsoletas, razón por la cual la población beneficiada se ha reducido de manera sostenida. El comedor universitario está casi en ruinas, quienes ahí trabajan corren severos riesgos, y la alimentación recibida por los estudiantes es paupérrima en términos nutritivos y de calidad. Por si fuera poco, cada día la educación se ve más desmejorada por la falta de actualización de laboratorios y bibliotecas, la situación crítica de la infraestructura, la falta de materiales básicos para la enseñanza y la reducción del número de profesores que imparten las materias; incluso algunas de éstas no tienen profesores que las dicten. 

Todo esto enmarcado en una gran crisis económica que sufre el país. O mejor dicho, el Pueblo, pues el gobierno constantemente derrocha recursos en el extranjero y en sostener el paternalismo que lo ha mantenido en el poder. El gobierno tiene la solución en sus manos. Los recursos necesarios para tener una educación de calidad están en las arcas del Estado, lo que parece estar vacío es la disposición al diálogo de quienes detentan el Poder. 

Este conflicto culminará cuando el gobierno cumpla con su obligación y garantice los derechos de los universitarios que han sido claramente planteados en pliegos petitorios y manifiestos públicos

Hasta tanto, los universitarios mantenemos nuestra irreductible visión de una educación de calidad, abierta a todas las corrientes de pensamiento y a todas las clases sociales y que se convierta en motor de progreso y de reducción de desigualdades. Educación que debe ser impartida en universidades libres, autónomas, democráticas y plurales. 

Históricamente los universitarios venezolanos nos hemos caracterizado por nuestra rebeldía cuando vemos nuestros derechos cercenados, y hoy seguimos haciéndolo. Salimos de las aulas para ir a las calles, no por un capricho sino por nuestros derechos, por la búsqueda de la verdad y por nuestra visión de Universidad.

Con esta lucha sentamos las nuevas bases de una educación pública, libre, gratuita y de calidad para ésta y para las próximas generaciones. 




Hasler Iglesias