jueves, 21 de mayo de 2015

Abierta la cacería de las universidades libres

Nuestras casas de estudio son instituciones de futuro, donde se hornean los proyectos que nos permitirán tener una sociedad más humana, más amable y con menos problemas. Para cualquiera, esta descripción bastaría para ofrecerle a las universidades las condiciones para crecer y ampliar cada día más su rango de acción; para que en sus aulas quepan todos, los hijos de los campesinos y también los de los empresarios; para que en sus laboratorios se consigan las curas de las enfermedades que nos azotan; para que sus proyectos tecnológicos generen bienestar y crecimiento a todos los venezolanos.

La realidad en Venezuela es que el responsable de garantizar educación universal, pública, gratuita y de calidad a los jóvenes –el Estado- está echando la partida para atrás. Desde que los niños ingresan a las escuelas se consiguen con una infraestructura a punto de colapsar, con maestros y profesores mal pagados, con dificultades para transportarse, alimentarse y adquirir los uniformes y los materiales. Estas deficiencias se van acentuando a medida que transcurre la vida académica, y en bachillerato se consiguen con que no hay profesores de matemática, física, química o biología. A pesar de todo eso, el sistema los promueve a los niveles superiores, y luego se encuentran con el reto de ingresar a la universidad. Pasan por un proceso de selección al que se enfrentan con grandes deficiencias, pero aún así, los que finalmente ingresan se vuelven a conseguir con los problemas de los años anteriores: servicios deteriorados, éxodo de profesores, cierre de cátedras y laboratorios, y hasta una inseguridad desbordada. En este ambiente se desarrolla el crecimiento de los profesionales venezolanos, desde preescolar hasta la universidad.

A pesar de que el gobierno maneja una cantidad de recursos gigante, no tiene la voluntad de destinarlos al sistema educativo; no lo hace con el sistema de educación básica y media, que controla, mucho menos lo hace con las universidades plurales, autónomas, libres y democráticas. A nuestras universidades les ha tocado sobrevivir con menos de la mitad de los recursos que necesitan para cada año, viviendo a punta de créditos adicionales asignados como cuenta gotas; con una planta profesoral envejecida que hoy percibe menos del sueldo mínimo mensual, sufriendo la crisis económica actual que le impide acceder a insumos básicos para la enseñanza debido a la escasez. Nuestras universidades reciben a miles de estudiantes en unas aulas cada vez más deterioradas, en unas bibliotecas obsoletas, en unos comedores al borde del colapso y sirviendo comidas que no cubren los requerimientos de nadie; en fin, con servicios al borde del cierre. Cierre que por cierto, podría ocurrir antes de julio de este año de no ser aprobados los recursos para el funcionamiento de nuestras casas de estudio.

Una nueva amenaza viene ahora desde el gobierno nacional, y es la violación de la autonomía por medio de la asignación directa de estudiantes de nuevo ingreso, queriendo despojar a las universidades de su mecanismo de selección. El escenario ideal sería que tuviésemos suficientes universidades para acoger a todos los bachilleres de la república, sin embargo, estamos muy lejos de alcanzar esa situación. Debido a la reducida oferta, se debe garantizar que quienes ingresen sean aquellos con las aptitudes suficientes para iniciar y culminar exitosamente una carrera universitaria, que no es cualquier cosa. Los mecanismos de selección de las universidades no discriminan por condición socio-económica o por ubicación territorial. El joven del Táchira presenta la misma prueba que el de Delta Amacuro, el hijo del millonario presenta la misma prueba que el hijo del desempleado. Las desigualdades no vienen de la universidad, sino de un sistema de educación media pública que no da la talla, que no le otorga a los jóvenes las herramientas suficientes para garantizarse éxitos profesionales.

La lógica del actual gobierno frente a las universidades es la de buscar ahogarlas por todas las vías. La presupuestaria es bien conocida por todos, pero también violan su autonomía, y hasta mantienen procesos judiciales en contra de nuestras casas de estudio.

A pesar de todo, nuestras universidades han dado la talla y se mantienen ofreciendo soluciones al país, aunque cada día menos y con mayores dificultades, claro está. En  nuestra UCV se formó y laboró Jacinto Convit, destacado investigador de la salud que descubrió la vacuna contra la lepra y otras cuantas enfermedades. En nuestra UCV se atienden a millones de venezolanos al año en el área de la salud, y también se les presta apoyo psicológico y legal. De nuestra UCV día tras día salen jóvenes a las comunidades, para generar respuestas a sus problemas y mejorar poco a poco su calidad de vida. La UCV es la universidad venezolana que más investigaciones ha realizado en los últimos años. Nuestra UCV recibe en sus aulas a jóvenes de todos los rincones del país y abre ante ellos un universo de posibilidades e ideas modernas que les permitan responder a las necesidades del pueblo venezolano. Esta situación se replica en todas las universidades a lo largo y ancho del territorio nacional.

Si esto es así con tantas crisis que nos aquejan, imaginémonos lo que lograríamos con casas de estudio que estuvieran a la vanguardia de la ciencia y las humanidades a nivel mundial. En estos momentos están arreciando los golpes desde el gobierno hacia las universidades, por todos los frentes y en contra de todo sentido común. Es por ello que se hace necesario quien defienda a la universidad en esta cacería que está arreciando.

No se defiende lo que no se ama, y es por ello que todos debemos aprender a amar a nuestras universidades; hermosos recintos donde las madres ven a sus hijos vestidos de toga y birrete cumpliendo sus sueños. Recintos que cada día más les cuesta ayudar a cumplir sueños y les es más fácil generar desvelos y pesadillas. Sin embargo, debemos convertirnos en embajadores de la universidad digna. Debemos informarnos de todas las capacidades de nuestras casas de estudio y de las amenazas que existen contra ellas y pregonarlas en todas las calles. Ante la cacería que inició el gobierno, todos los venezolanos debemos convertirnos en defensores de las instituciones libres, como lo son las universidades, para evitar que cierren y desaparezca su generación de esperanza.


No permitamos que cuelguen a las universidades venezolanas como un trofeo en la pared de las instituciones arrodilladas al pensamiento único. Mantengamos sus puertas abiertas, recibiendo a jóvenes de todos los pueblos y ciudades, de todos los estratos, de todas las corrientes políticas, formándolos en igualdad de condiciones y ofreciéndoles las herramientas para su crecimiento personal y para el desarrollo del país. 

lunes, 27 de abril de 2015

¡Abajo el pesimismo!

¿Cuántas veces en los últimos días nos hemos topado con personas que sólo hablan negativamente? E incluso que reclaman cuando se habla de cosas positivas -que aún subsisten- porque dicen que eso no es importante, que sólo hay que hablar de la crisis, de los problemas y del desorden.

Estamos viviendo una crisis, eso es indudable. Una crisis a todo nivel que se cierne sobre la economía y la política, pero también sobre nuestra dimensión humana y relacional. 

Sin embargo, no podemos lanzarnos al abandono. No podemos sumirnos en la desesperanza y el pesimismo que no solo observan únicamente lo triste, sino que además se niegan a ver lo positivo. 

Hoy en Venezuela hay millones de valientes que se despiertan con un sueño y salen a conquistarlo. Que entienden las dificultades, que sufren las crisis, que son víctimas de las injusticias, pero que eso no les impide alzar la frente, mirar a los ojos al vecino y encontrar en ellos un impulso, encontrar en ellos un grito de aliento que nos dice que no estamos solos. 

Es altamente preocupante la proliferación de "pesimistas crónicos" en Venezuela. Esas personas que constantemente se quejan de la situación, y que dicen que "aquí no hay nada que hacer". Esas personas que perdieron la esperanza, que tiraron la toalla y dejaron de creer que Venezuela tiene las capacidades de levantarse. Pero lo más preocupante es que aún cuando surge una noticia positiva, casi como el destello tímido de un faro en una costa lejana, quieren censurarla y que no se sepa lo bueno que está pasando en nuestro país.

Pareciera ilógico que en tremenda crisis alguien quiera hablar de lo positivo que se está haciendo. Pero es que es necesario que tengamos razones para tener esperanza, que sepamos que no estamos solos en nuestro empeño de rescatar a Venezuela. Es necesario que nos enteremos de la iniciativa de jóvenes en las regiones del país para promover la formación en valores, que sepamos que se están organizando actividades para fomentar la honestidad, la integridad y la tolerancia. 

Es necesario que conozcamos a las miles de personas que se organizan por la defensa de sus derechos, contra los atropellos y las mezquindades, para mantener en pie la república y la democracia. Es necesario que conozcamos el trabajo incansable de los activistas deportivos y culturales en nuestros sectores populares, fomentando el desarrollo integral de los niños, manteniéndolos alejados de la delincuencia. Es necesario que pregonemos el trabajo arduo y desinteresado de los investigadores sociales y científicos para ofrecer soluciones a los profundos problemas del país. 

Es necesario que nos demos cuenta de las miles de iniciativas ciudadanas que están surgiendo en Venezuela, a todo nivel. A pesar de un gobierno que quiere callar las voces que sueñan con un mejor futuro, crecen como plantas sobre las grietas de este aparataje vencido.

No es fácil lo que nos corresponde: Criticar y enfrentar una debacle que nos afecta, pero al mismo tiempo propiciar cambios y generar esperanza. Vacunémonos contra la desesperanza. No permitamos que nos quiten nuestros sueños ni nuestra alegría... Si eso llegara a pasar, en ese preciso instante, habríamos sido derrotados; pero mientras hayan personas que luchemos, que arriesguemos y que entreguemos todo lo que somos para transformar este país, habrá esperanza y habrán razones para seguir de pie, resistiendo y construyendo. ¡Abajo el pesimismo! Seamos catalizadores de esperanza y no permitamos que quieran nublar nuestra vista hacia el norte que nos hemos marcado: una sociedad justa, igualitaria, de oportunidades, que camine en conjunto hacia el desarrollo y el bienestar fuertemente arraigados en el amor, la tolerancia y el sentimiento profundo de ser hijos de esta Patria.


martes, 14 de abril de 2015

En América, soñar es un acto subversivo

Un venezolano del siglo XIX soñó con una América unida, caminando junta hacia el desarrollo y el bienestar de los pueblos. ¿Acaso se iba a imaginar que dos siglos después estarían los pueblos de América Latina emprendiendo las mismas luchas, pero completamente aislados?

Hace unos días en Panamá se desarrolló la Cumbre de las Américas, y en ese marco ocurrieron varios Foros, de jóvenes, de sociedad civil, de empresarios y de rectores. Fueron espacios de encuentro, de debates y sobre todo de consensos. 

El primer gran consenso es que en América Latina no tenemos la democracia que deseamos. Desde los países donde está más amenazada -como Venezuela- hasta los países donde pareciera estar más consolidada, hay inconformidades, reclamos y una movilización y organización de la gente para alcanzar sus conquistas. 

No por que se realicen elecciones se vive en democracia. Deben ser respetados los Derechos Humanos, los derechos civiles, económicos, sociales. Las instituciones deben funcionar, hacerse contrapeso; la justicia debe ejecutarse para todos por igual, sin interferencias. Los habitantes deben convertirse en ciudadanos, con espacios de participación en la toma de decisiones y con capacidad de concretar las aspiraciones de vivir en mejores países. 

La persecución y censura al que piensa distinto sigue siendo una práctica extendida en el continente, en distintos niveles y con diferentes matices, pero los opositores latinoamericanos siguen siendo objeto de desmanes. 

El sistema educativo siempre es calificado por tener un bajo presupuesto, sin importar el país del que se hable, y la violencia y delincuencia cada vez se abren más paso ante Estados que parecieran no tener capacidad real de acción. 

Como Venezolano debo decir que estas crisis tienen distintos niveles de profundidad, y que están a la vista las situaciones -y los números- en las que Venezuela ocupa los niveles más vergonzosos en cuanto al debilitamiento de nuestra democracia, nuestra ciudadanía (nuestra condición de ejercer derechos y cumplir con deberes) y nuestra calidad de vida y bienestar social. 

Sin embargo, si algo no ha cambiado desde el siglo XIX es la combatividad del americano. Esa inconformidad que traspasa el alma de los criollos cuando vemos cerrados nuestros caminos hacia el crecimiento económico, el bienestar social y el libre ejercicio de nuestros derechos. 

Mientras los "poderosos" se reunían en Panamá, los ciudadanos libres venidos de todos los países del continente generaban debates amplios y establecían lineamientos sobre la América que urgentemente necesitamos alcanzar. 

Existe una generación que no va a permitir que le arrebaten la democracia, aunque cueste sangre y fuego. Existe una generación que le perdió el miedo a la persecución y al señalamiento, cuando recibe estos ataques a causa de sus principios, sueños e ideales. Existe una generación a la que le han quitado tanto... Pero no han podido quitarle sus sueños. 

Nos quitaron a nuestros padres, nos quitaron la calidad de nuestras escuelas, nos quitaron las oportunidades educativas y profesionales, nos quitaron el acceso a bienes y servicios, nos quitaron las garantías, pero no nos podrán quitar nuestros sueños y nuestro empeño en convertirlos en realidad. 

En América, soñar es un acto subversivo.  Y sólo mediante la organización y movilización social se hacen realidad los sueños. Tambalearán las estructuras que mantienen a quienes hoy usan el Poder para aplastarnos, pero el pueblo y su determinación a la libertad, igualdad y al progreso y el bienestar son indetenibles, y esa es la verdadera y profunda transformación social.



sábado, 6 de septiembre de 2014

Ya estoy cansado... yo me quedo!

Ya estoy cansado. Cansado de que todos den por sentado que me quiero ir del país, que esa es la mejor alternativa que tengo. Cansado de que todos me pregunten cuándo y a dónde me voy. Cansado de que crean que por ser estudiante universitario, ya próximo a graduarme, tengo como obligación estar buscando pasajes y oportunidades en otro país. Estoy cansado de ver en las redes sociales un par de zapatos sobre la cromointerferencia de Cruz Diez. Cansado de ver que se organizan más despedidas que cumpleaños, y que en vez de nostalgia y tristeza haya alegría y orgullo por el que abandona su país. 

Con esto no quiero culpar a quienes se van, ni tampoco alabar a los que se quedan. Ambos tienen sobradas razones para tomar las decisiones que toman. Pero no es propio quedarse callado cuando tantos sueños se despedazan y se remiendan con un "afuera estaremos mejor".

Es cierto que las condiciones del país están mal, exageradamente mal. Pero al ver las decisiones de irse de muchos que dicen amar a Venezuela, no termino de entender tamaña incongruencia. 

¿Aman a Venezuela o aman a su propia comodidad? Abandonar el país no es forma de cambiarlo. Abandonar el país buscando un mejor futuro, para cada uno, es una decisión personal, individualista, donde por ningún lado se nota el tan proclamado amor por Venezuela.

Amar a Venezuela es amar a esta tierra y a su gente. Sí, a esa gente que insultas, que amenazas, que denigras. A esa gente que culpas de todos los males que te aquejan. Los venezolanos, seamos de la tendencia que seamos, tenemos un potencial dentro de nosotros inimaginable. Somos capaces de cambiar las realidades, de mejorar las condiciones, de ofrecer soluciones. Eso no significa que las soluciones y los cambios aparezcan por protestar un día, o dos, o tres, o un mes, o seis meses. El trabajo es continuado. 

Parafraseando a José María Vargas: el amante de su Patria, sufriendo la miseria pública nacida de la falta de industria, siendo víctima del doloroso atraso de nuestro aparato productivo, palpando la decadencia de nuestro comercio y los defectos de nuestra legislación, propone sus ideas, ofrece sus esfuerzos, consagra sus medios a la remoción de estos males, cuenta con una suma de querer e influjo con que dar a sus proyectos de mejoras una fuerza poderosa apoyada en el interés común, aplicada por medios de benevolencia y con las recomendaciones de un civismo puro. (José María Vargas, 1831).

El problema es que muchos, aún queriendo mejoras en la economía, la educación, la sanidad, la política, la seguridad y tantas otras áreas, esperan a que otros asuman esas banderas. Desde sus oficinas o trabajos, se quejan de las situaciones pero no empeñan sus esfuerzos para generar pequeños cambios. En la Venezuela que nos tocó vivir es menester involucrarse en la generación de cambios y soluciones. La vida individual, enfocada sólo en generar el bienestar de la propia familia, quedó en el siglo pasado y se vuelve insuficiente para alcanzar las condiciones de vida que queremos, incluso para nuestra misma familia.

Quienes no estén dispuestos a asumir esta ruta, no los culpo, tienen sobradas razones para buscar el bienestar propio y de su familia en otras latitudes. Pero tú, que dices que amas a Venezuela, ámala de verdad. No gustes solamente de tus comodidades y beneficios, presentes o pasados. Ama a Venezuela, con sus fortalezas, sus bellezas, sus potencialidades, pero también sus defectos y sombras. Ámala con las ganas de verla progresando, ofreciendo oportunidades a sus hijos. Ámala haciendo realidad ese progreso e igualdad. 

Y amar no es sencillo, no es una película color de rosa. Amar es empeñarse, esforzarse, perseverar. Aunque lo que hayas podido construir sea derrumbado una y otra vez. Amar es convertirte en protagonista, y dejar de esperar que las cosas pasen. 

Domingo Briceño y Briceño, en 1834 ya lo dijo: "Pensando como hombres, obramos como niños, amando el pupilaje. (...) Convenimos en obedecer por la pereza de mandar, y por tanto confiando en las fuerzas ajenas, dejamos a otros el cuidado de hacernos felices; y no sé si por lo que se llama apatía o habitud, deseamos sin querer (permítaseme explicarme así) que el gobierno se divinice para que nos haga ricos, nos dé población, talleres, jornaleros, caminos, carruajes, educación, industria; en fin, todo" 

Los venezolanos hemos estado acostumbrados a que las soluciones lleguen, a que otros las implementen. Ésto, como ya he dicho, ha quedado en el siglo pasado. Aún cuando hoy no tengamos el poder gubernamental, sí que tenemos el poder ciudadano. El poder ciudadano de opinar, de generar, de proponer, de protestar.

Algunos dicen que ya lo han intentado todo, que han perdido sus esperanzas, que ya le han dado suficientes oportunidades al país. En lo particular, no creo que nunca sea suficiente. Estoy dispuesto a quedarme en el país, no porque crea que vivo bien hoy, sino porque estoy convencido de que con nuestro esfuerzo, podremos vivir bien mañana. Y ese bienestar no será un regalo, no será mera casualidad del destino. Será un bienestar conquistado. 

Y toda conquista, así como todo amor, conlleva dolores, sufrimientos y pérdidas. Yo estoy dispuesto, a empeñar mi vida, a "desperdiciar mi juventud" como dicen algunos, por ver a Venezuela libre, democrática, igualitaria y progresando. Es ese mi sueño más profundo.

Y para cerrar esta pequeña reflexión, cuyo objetivo no es más que plantear una postura, y ojalá quede rondando en las mentes de mis compatriotas, dejo un mensaje de Mandela, el gran héroe de la igualdad y la libertad del siglo XX, un gran héroe que entendió que aunque la meta fuese inalcanzable, el quehacer diario por alcanzarla ya era en sí motivo de alborozo y satisfacción. Ya estoy cansado de tantas invitaciones a irme de mi Venezuela, yo me quedo, aún cuando el riesgo es que nunca vea a mi Patria como la quiero ver, pero sabiendo que la satisfacción está en la lucha y en el amar.

"Puede que los ideales que albergamos, nuestros sueños más anhelados y nuestras más fervientes esperanzas no lleguen a cumplirse mientras vivimos. Pero eso no importa. Saber que en tu día cumpliste con tu deber y estuviste a la altura de las expectativas de tus congéneres es por sí misma una experiencia gratificante y un logro magnífico" Nelson Mandela, 1 de abril de 1985.



sábado, 7 de junio de 2014

Recuerdo haberte visto

Al principio me decían que estabas en el cielo, y cada vez que levantaba la mirada me preguntaba qué se sentiría vivir allá arriba. Me preguntaba si jugabas con las nubes, y si saltabas de estrella en estrella. 

Luego me dijeron que estabas dentro de mi. No entendía por qué habías decidido mudarte desde tu lujosa suite en la cúpula celestial a mi corazón... ¿Qué podría tener de interesante el corazón de un niño comparado con la inmensidad del cosmos?

Algunos otros me dijeron que no sólo estabas en mi, sino que estabas en todo y en todos. Y entonces sentí algo de celos... si habías cambiado el universo por mi corazón, ¿cómo era que ahora estabas en todo y en todos? La angustia se calmó cuando fui detallando lo que me rodeaba. Iba a la montaña y ahí te encontraba, a la playa y a los ríos y ahí estabas tú, compartía con amigos y en todos ellos te veía, en el canto de los pájaros oía tu voz, en la maravilla de la naturaleza descubría tu firma personal. 

Así me fui dando cuenta de que eras tan grande que decir que sólo estabas en el cielo era limitar tu grandeza, más aún decir que sólo estabas en mi corazón... tenías que estar en todo y en todos, pero a la vez en cada quien y en cada cual. 

Recuerdo cuando te vi en la alegría de la celebración por un logro alcanzado, en los abrazos, regalos y felicitaciones; entre tanta algarabía estabas tú, viéndome y sonriéndote de como iba creciendo. 

Recuerdo cuando te vi un domingo de sol, entre tanta gente venida de tantos sitios diferentes, entre cantos, reencuentros y rezos adiviné tu abrazo gigantesco.

Recuerdo cuando te vi vestido de esperanza, en medio de la adversidad me planteabas ideas revolucionarias, me decías que precisamente cuando menos sentido le veía a perseverar, más necesario era.

Recuerdo que un día te vi y no te reconocí. Llegaste vestido de luto, nos congregaste a todos para decir un adiós, darnos abrazos, derramar lágrimas, vociferar gritos. Sentía que no estabas conmigo, que por primera vez me habías abandonado, pero no era más que la ceguera producida por la tristeza: más que nunca, ahí estabas. Tardé unos cuantos años en reconocerte. 

Recuerdo haberte visto en los lugares más exóticos del planeta. En lo más alto de una montaña y en lo oscuro de una cueva, en un monumento milenario en África, y en otro contemporáneo en Europa. Recuerdo haberte visto en las costas de mi país, en sus llanos, en sus cordilleras. Recuerdo haberte visto en su gente, en su cafe negrito y su "Dios me lo bendiga mijo".

Recuerdo haberte visto en casas de tablas y cartón, era imposible no verte. Recuerdo haberte visto también en casas lujosas, aunque en esos escenarios a veces me cuesta encontrarte.

Recuerdo haberte visto en mis salones de clase. A veces del lado del profesor, a veces a mi lado en un pupitre. 

Recuerdo haberte visto estos últimos días, aunque hubo un par de ellos en los que te busqué y no te encontré; afortunadamente un rato después volviste a aparecer. Llegaste con una noticia difícil, y otra, y otra más. Sin embargo no te vi como portador de calamidades, sino como compañía incondicional. A veces me tocó ser apoyo, a veces me tocó apoyarme, y en ambos momentos te vi. 

Te vi en lágrimas y en sonrisas... estabas sentado en la mesa de al lado, viendo cuánto han crecido tus hijos. Vi tu rostro cambiar cuando enviabas calamidades... no te gusta vernos sufrir, pero sabes que es necesario para que podamos ser fuertes y felices. Como padre enseñando con mano dura nos mirabas... mitad preocupado y mitad orgulloso. Nunca faltó tu abrazo luego de subir un escalón nuevo. 

Discúlpame si a veces, aunque te viera, no te hablaba. Con frecuencia ando a la carrera y no presto atención a quienes me aman. ¡Ah! por cierto: recuerdo haberte visto en quienes me aman, gracias por ser tú quien impulse sus acciones y palabras.

Pedirte que no me abandones es redundar... se que aún cuando no te vea en determinada ocasión ahí estarás, justo detrás de mi para cuidar que no me caiga. Acompaña también a quienes me rodean, y haz que te vean, aún cuando sea necesario usar anteojos. 

Gracias por haberte mudado del cielo para mi corazón, y gracias por no haberte quedado encerrado ahí, sino haber decidido habitar en todo y en todos, en cada quien y en cada cual. Recuerdo haberte visto, y se que te seguiré viendo. 



martes, 11 de febrero de 2014

200 años después sigue siendo necesario vencer

Hace doscientos años, al calor de la guerra de independencia se hacía necesario defender a la Segunda República de los avances realistas. Aquél 12 de febrero era difícil suponer que un grupo de jóvenes, seminaristas y estudiantes universitarios, derrotarían al ejército de Boves. En ese momento crucial de nuestro proceso independentista fueron los jóvenes quienes defendieron con sus vidas la independencia que estaba en construcción. A pesar de la minoría numérica evidente que tenían, salieron sin miedo de sus casas, pueblos y ciudades para confluir en La Victoria y defender a la Patria de sus enemigos.

Ya han pasado 200 años de aquél día; mucho se ha escrito y estudiado, muchos procesos sociales y políticos hemos vivido, varias guerras han manchado nuestro suelo de sangre, el caudillismo, la dictadura y la democracia se han alternado en el poder, pero lo que sigue incólume es el profundo espíritu patriota, contestatario y aguerrido de la juventud venezolana. 

Hoy por hoy vivimos en un país errático, dividido por el odio, la violencia y la corrupción. Quienes detentan el poder abusan de cuanta herramienta tienen a la mano para doblegar a la sociedad, mientras la entretienen con un supuesto socialismo y suprema felicidad que parecieran no llegar nunca. 

Como no les gusta oír voces en su contra han cerrado, y están cerrando de facto medios de comunicación. Como no les gusta la protesta, han reprimido con fuego y metralla a venezolanos, y han metido presos injusta e ilegalmente a quienes se atreven a exigir respeto a sus derechos y soluciones a sus problemas. Como no son capaces de asumir culpas, se las atribuyen al imperialismo, a la burguesía y al capitalismo, lo que los ha llevado a oprimir al aparato productivo y ahogar a la economía nacional con regulaciones y contra-regulaciones. 

En los tiempos que vivimos, las madres sufren horas interminables de búsqueda y cola para alimentar a sus hijos, los sueños de los jóvenes son truncados por la violencia a cada minuto que pasa, los enfermos no consiguen medicinas y fallecen a la espera de que aparezcan, la gran mayoría de nuestros niños no logra culminar bachillerato y terminan luchando contra un sistema que los condena a ser cada vez más pobres. 

La institucionalidad no existe, el derecho a la información, a la expresión, a la protesta pacífica, al debido proceso son cada vez más vulnerados. La división de poderes no es más que una teoría que se estudia en los liceos y universidades, pero que ningún joven ha podido vivir. 

Ante esta situación, los jóvenes venezolanos, como aquellos héroes de La Victoria, emprendemos con firmeza el camino de la defensa del país y de los venezolanos. Hoy, como aquél día, estamos frente a un monstruo que se muestra todopoderoso ante nuestros esfuerzos por mejorar el futuro de la Patria y que oprime a todo el que no lo apoye. Hoy como ayer, muchos dudan que sea posible que un grupo de muchachos salga victorioso de tan compleja contienda. 

Hoy, 200 años después de aquella arenga que pronunció José Félix Ribas para motivar a los valientes jóvenes en la batalla, sigue siendo necesario vencer. Esta vez no se trata de una victoria sangrienta ni con fusiles. 

Hoy buscamos una victoria que erradique la violencia del país, que normalice el abastecimiento de productos de primera necesidad, que mejore la calidad educativa sobretodo en los sectores más empobrecidos, que le garantice atención médica de primera a todos los ciudadanos, que ponga en su justo lugar la democracia, la separación de poderes y la institucionalidad, que haga valer los derechos de todos los venezolanos, y que entendamos que somos hermanos antes que adversarios. 

Hoy, a 200 años de aquella gesta heroica, los jóvenes que amamos a Venezuela volveremos a colmar las calles de esperanza, de rebeldía y valentía. Hoy volveremos a tomar el futuro del país en nuestras manos para enrumbarlo hacia el progreso, la igualdad y la justicia social. Hoy, nuevamente, "no podemos optar entre vencer o morir, ¡Necesario es vencer!"


lunes, 30 de diciembre de 2013

Cerrar el 2013 y abrir el 2014 en Venezuela

Las horas que corren son propicias para reflexionar lo que hemos vivido juntos este año, los errores y los aciertos, para así abrirle las puertas al 2014.

Comenzamos el 2013 llenos de incertidumbre, sin conocer los caminos que tomaría el país ni quien llevaría sus riendas. Pasarían algunos meses hasta que viéramos por primera vez en años a un nuevo presidente, no sin que antes violaran la constitución y las leyes como es su costumbre.

Eran días de rumores, de conflictividad, pero sobretodo de expectativas. El tribunal nos habló de continuidad administrativa, pero el país percibió fue una continuidad de ineficiencia, de mentiras, de engaños, de corrupción y demagogia.

No tardaría mucho en conocerse el fallecimiento del presidente Chávez, y el inicio de la campaña electoral más corta de la historia. Unas elecciones que al inicio de la campaña parecían tener un resultado muy claro, al final estuvieron cerca de cambiar el rumbo que el país ha venido llevando desde hace más de una década.

Al Sol de hoy no tenemos certeza sobre quién ganó las elecciones del 14 de abril, ni el CNE ni ninguno de los candidatos ofreció pruebas irrefutables que permitieran conocer a ciencia cierta la voluntad de los venezolanos que votamos aquél día.

Se juramentó un nuevo inquilino de Miraflores, y el país fue de mal en peor.

No pasaría mucho tiempo para que estallara el primer conflicto de carácter nacional: la crisis universitaria. Todas las universidades públicas –y libres- del país cesaron sus actividades académicas, llevándonos a los estudiantes a intensas jornadas de protesta a lo largo de la geografía nacional.

El gobierno no atendía a los reclamos de los universitarios que resonaban en las calles y sobretodo en las aulas vacías. Tampoco el gobierno supo dar respuestas a la crisis de divisas que impulsaría la inflación y la escasez a niveles extraordinarios. Las cadenas se hicieron más invasivas que nunca. Se recortó notablemente la libertad de expresión, esta vez forzando la autocensura de los medios. Muchos esperaban un estallido social, sin darse cuenta de que diariamente miles  y miles de venezolanos estaban en las calles exigiendo vivienda, educación, salud, seguridad, salarios dignos.

El paro nacional de universidades terminó con una “victoria” a medias; quienes lo dirigieron aseguraban que el conflicto se mantenía. Lo cierto es que las universidades, así como el país entero, sólo recibieron pañitos de agua tibia, que no solucionaron la raíz y el fondo de los problemas.

Llegamos a las puertas de un nuevo proceso electoral en el que muchos le atribuían la victoria a la oposición. El gobierno, como sabe hacer muy bien, aplicó medidas que serían muy bien recibidas sobretodo en los sectores populares, a pesar de llevarse por el medio el debido proceso y la ética, y a pesar de poner en riesgo los empleos de miles y el abastecimiento de productos en el futuro.

Luego de abusos, abusos y más abusos, y en medio de llamados a plebiscitar las elecciones y contrallamados a convertirlas en contiendas locales, llegó el 8 de diciembre. El gobierno logró la mayoría de alcaldías y votos, la oposición ganó espacios considerablemente y se hizo con las alcaldías en las ciudades que albergan al grueso de la población.

Y así llegó diciembre… con “rebajas” y escasez, con inseguridad galopante y mucha reflexión en la dirigencia del gobierno y la oposición. Mientras tanto los venezolanos buscaban la manera de hacer las hallacas, comprar los regalos y disfrutar con los seres queridos, aún a pesar de que eso implicara hacer colas multitudinarias y tener que endeudarse a punta de tarjetas.

Todo este proceso lo vivimos juntos. Supimos avanzar cuando era lo lógico y supimos esperar cuando era lo más prudente. Terminamos el año con una Venezuela menos libre, menos justa y con un futuro menos optimista que cuando lo comenzamos.

Y así, con este panorama se nos presenta el 2014. Tendrá la dirigencia opositora que representar efectiva y oportunamente a la mitad del país que clama por un cambio en las condiciones de vida que tenemos. Nos gustaría pensar que el “proceso de diálogo” que recién inició se mantendrá y se convertirá en política de Estado. Para los ciudadanos de a pie el objetivo es el mismo desde hace unos cuantos años: echarle pierna y resistir.

Ya falta poco para que se termine la rumba de diciembre y llegue la resaca de enero, una resaca sazonada con las terribles decisiones económicas tomadas por el gobierno en los últimos días.

Sin embargo, es posible ser optimistas. Más allá de los liderazgos de las cúpulas nacionales, cada vez son más las voluntades que trabajan para cambiar las realidades que vivimos los venezolanos. Cada vez son más los compatriotas que se dan cuenta de que el chavismo fue un error y que estamos a tiempo de corregirlo.  Cada vez son más los espacios en los que se va destiñendo el rojo sectario y se le abren las puertas al tricolor que nos congrega a todos.

Comencemos el 2014 teniendo claro que este hermoso país es uno sólo, que quienes pensamos que las cosas se están haciendo mal y quienes piensan que todo va bien nos necesitamos los unos a los otros para poder seguir adelante. Tengamos claro que dialogar no es abandonar principios, todo lo contrario, el diálogo sólo es posible cuando los principios están suficientemente firmes.

Es necesario mantenernos irreductibles y firmes en todos los espacios. En las aulas de universidades, liceos y escuelas, en los comercios, en los gremios, en los sindicatos, en las industrias, en los partidos, en los hospitales,  en las organizaciones civiles, en las calles y en el campo. Son momentos de desechar la sumisión y defender la democracia y los derechos, de trabajar con pasión y sin descanso, de estudiar con tesón, son momentos de hacer realidad el sueño que hemos venido construyendo.


¡Feliz 2014! Que la paz, el amor, la tolerancia y el trabajo marquen los días que están por venir.